Archive | noviembre 2011

Homeopatía contra zombies

En el último capítulo que vi de The Walking Dead, el grupo de sobrevivientes se instala en una granja donde encuentra a una familia que vive relativamente bien para estar rodeados de zombies.

Cuando van a buscar agua al pozo descubren que un apestoso zombie -el más feo que ha aparecido en toda la serie- está atrapado ahí quién sabe hace cuánto, porque ya está todo hinchado. Si dejan al muerto viviente ahí corren el peligro de que contamine el agua y la idílica vida de campo se convierta en una vida eterna de hambre y pestilencia.

Tienen que sacarlo de ahí entero, porque si le disparan, los sesos reventados sin duda ensuciarán toda el agua. No tuvieron mejor idea que usar a uno de los protagonistas de carnada. De ahí la historia es predecible: se rompe el fierro que sostiene la cuerda, el muchacho queda rozando las regordetas manos del zombie y todos los demás luchan por salvarlo de ser comido vivo.

Y yo podría apostar que más de algún homeópata pensó ¿y por qué no dejan al muerto ahí para obtener una solución homeopática anti zombificación? Un genio, claro está.

Por si no lo saben (o creen que la homeopatía es algo así como una medicina obtenida de las plantas) esta mal llamada terapia alternativa plantea que la mejor manera de sanarse de una enfermedad es consumir un compuesto que cause los mismos síntomas. Como sabemos, gracias a The Walking Dead, si te muerde un zombie o te traspasa su sangre te enfermarás gravemente y morirás en un par de horas. Pero en realidad sólo estarás muerto por unos segundos, pues rápidamente revivirás en una versión estúpida, sucia y hambrienta de ti mismo.

Así que según la lógica homeopática, si quisieras salvarte de la enfermedad zombificante deberías consumir sangre de zombie. Ahora bien, dicen los homeópatas que para contrarrestar los efectos adversos del componente se debe diluir en agua una y otra vez. Incluso se atreven a decir que mientras más diluido está ese compuesto, sus efectos serán más poderosos. Tan, pero tan diluido que no queda ninguna molécula del químico original, total, como ellos explican, el agua tiene memoria (!) y puede recordar que alguna vez contuvo sangre de zombie (y además parece que es inteligente, porque olvida todas las otras cosas que alguna vez flotaron en ella).

Si en lugar de intentar sacar al zombie del pozo lo hubiesen dejado ahí, a larga habrían convertido toda el agua en un remedio homeopático contra la zombificación y podrían haber detenido así la espeluznante pandemia. La humanidad sería salvada gracias al invento del doctor Hahnemann.

Como ven, la homeopatía es una verdadera mierda, pero los zombies siguen siendo asquerosamente geniales.

Relaciones intergalácticas

Estoy segurísima de que el día que se descubra vida inteligente en el Universo será el más importante de la humanidad. Resultó que no estábamos solos y el mundo como lo conocíamos ha dejado de existir.

Me gusta imaginarme las implicancias políticas, económicas y científicas que un descubrimiento como este podría traer. De hecho me encantaría escribir una extensa investigación que reúna el trabajo de biólogos, antropólogos, filósofos, politólogos, físicos y otros especialistas que expliquen cómo cambiaría la vida frente a este hecho. Sin embargo soy muy pajera y no me gusta hacer entrevistas así que si alguien quiere hacerlo por mí, adelante.

Los distintos escenarios son tan variados, por supuesto, que costaría llegar a una conclusión unificada. Hay muchas variables que influirían en mayor o menor medida. ¿Podemos hacer contacto con los alienígenas? ¿Cómo funcionan sus cuerpos? ¿Qué tan avanzada es su tecnología? ¿Cómo se comunican? ¿Poseen los mismos sentidos humanos?

Porque una cosa es encontrarlos y otra cosa completamente distinta es que compartamos las facultados que nos permitan interactuar. Pienso en Solaris y en ese enorme mar inteligente que perturbaba profundamente a quienes intentaban comprenderlo. ¿Y si esa inteligencia es tan inabarcable que terminamos sintiéndonos una miseria de seres vivos? ¿Y si no podemos soportarlo?

Y luego aparece Nicolás Berasain.

Conocí su trabajo a través de la Asociación Escéptica de Chile (Aech) que lo puso en su lista de charlatanes nacionales y hoy le pide que participe en Aech Escucha. El señor Berasain es un exopolítico, es decir, alguien que dedica su tiempo al “estudio y la teoría de las posibles relaciones políticas entre civilizaciones inteligentes del universo”. Algo así como un diplomático interespacial.

Conferencia de prensa alienígena

Bueno, el mismo Berasain aclara que se trata de una definición preliminar -seguramente porque los extraterrestres no han querido sentarse a la mesa a negociar con él- pero que existen varias fotografías, videos y testimonios (?) que, si bien no son una “prueba positiva y objetiva ante la ciencia oficial”, sirven para “aceptar la hipótesis de presencia extraterrestre en la Tierra” (??). Y que como ya están aquí, es mejor ir preparándose para cuando el contacto se haga público y podamos cambiarles Ipads por pistolitas láser o nos enseñen a hacer volar las bicicletas.

Yo no sé cómo alguien querría establecer relaciones políticas con un ser escurridizo que no ha tenido la dignidad de presentarse públicamente. Porque aquí en la Tierra, al menos, si un país manda una nave tripulada a sobrevolar los cielos de otra nación sin previo aviso, es guerra segura. Lo que explica Berasain es que el contacto ya se ha hecho y los gobiernos y Fuerzas Armadas de todo el mundo no quieren soltar la papita porque quedaría es que la media casa de putas si nos enteramos.

Lo que los exopolíticos quieren es que cuenten toda la verdad, porque esa información “es un bien cultural para toda la humanidad”. No le niego a Berasain la importancia que tendría el descubrimiento de vida extraterrestre, mucho más si es inteligente y además podemos contactarlos. De ahí a aceptar con fotografías y testimonios no sólo que existen, sino que están acá, y que los gobiernos tienen la capacidad de ocultar tan gigante acontecimiento… no, gracias.

Don Nicolás, con sus estudios en ciencias políticas y filosofía de la Universidad de Chile, debería saber cómo funciona la política. Entendería que las relaciones de poder tal como las conocemos ahora son una cuestión meramente humana. Que enfrentarnos a una civilización extraterrestre escapa completamente de nuestro dominio y las herramientas que tengamos para prepararnos para ese día podrían resultar inútiles en el momento de la verdad. Que encontrar una manera de relacionarse con los alienígenas es un ejercicio de predicción tan inestable, que puede ser divertido, pero en ningún caso factible. Que los seres humanos –por muy especiales que nos creamos entre nosotros- no somos la gran cosa en el Universo y no seremos nosotros los que llevemos las riendas de la política intergaláctica.

Tal vez si el exopólitico se tomara el asunto con menos seriedad y paranoia, me caería mejor. Si en lugar de jurar que todo es cierto aceptara que todo se trata de especulaciones se generaría un debate más interesante. Y quien sabe, hasta podríamos empezar a armar comisiones para tratar con los alientes.

Fantasmas en la tele

Hace ya varios años, viendo en la tele algo al estilo de Misterios Misteriosos, mi padre me dijo que los fantasmas no existían. Los extraterrestres, en cambio, ya nos venían visitando hace tiempo. Así de fácil dejé de creer en los espíritus a los cinco años, aunque tuvo que pasar otro lustro (y un par de años más) para que dejara de pensar que los extraterrestres me secuestraban cada noche y me devolvían al amanecer con la memoria borrada y unos mililitros menos de sangre.

Dejé de creer en los fantasmas porque confiaba en mi padre. Dejé de creer en las abducciones alienígenas porque en mi obsesiva investigación para descubrir quién me llevaba a su nave espacial, terminé aprendiendo que eso era imposible. Que si los extraterrestres existían era muy poco probable que lucieran como esos humanoides grises tan feos. O que si los alienígenas nos visitaran -después de un larguísimo, caro y peligroso viaje- no sería para espiarnos sigilosamente desde sus máquinas brillantes.

Y si yo, así de pequeña, descubrí todas esas cosas ¿por qué existen tantas personas que creen lo paranormal? En realidad no es esa la explicación que me interesa, creo tenerla más o menos clara.

Lo que me inquieta es ese halo de temeroso respeto hacia los que creen. Como si el mundo se les fuese a venir abajo porque descubren que ese escalofrío que sienten no es el espíritu inquieto de un fallecido que los extraña. Entonces mejor dejemos que crean en lo que sea, total, no molestan a nadie.

Está bien, entiendo que ante una pérdida dolorosa algunos busquen señales de sus seres vivos en ruidos, objetos volteados, ventanas que se cierran y otros hechos que antes parecían cotidianos.En medio del duelo uno no piensa tan claramente y, la verdad, le cuesta aceptar que esa persona con la que compartimos hace unos días nunca más aparecera por la puerta.

Eso no quiere decir que debamos seguirle el juego a quien tiene esa esperanza. ¿No les parece horrible dejar que una persona se emocione por algo que no es real? ¿No es al final más doloroso eso?

¿Y qué pasa cuando la televisión se vale de ese respeto para hablar de lo paranormal? Entonces se dejan de lado las explicaciones que podrían zanjar el asunto en un dos por tres y se revuelcan esperando que el fantasma se manifieste en vivo y en directo.

Vuela alto, Halcón

Felipe Camiroaga está penando. Movió unas luces en el estudio del Buenos Días a Todos. Al menos eso es lo que muchos aseguran emocionados. Yo me pregunto que si los espíritus tienen la capacidad de interactuar con la materia ¿no podrían emplear su habilidad en algo más provechoso? Como sacar la lata de bebida atorada en la máquina expendedora, por ejemplo. A mí me encantaría que el espíritu de mi abuelo me abriera las botellas de cerveza o que me sostuviera la puerta del ascensor.

En televisión, como los culos, los fantasmas venden. Es una noticia barata: basta llevar una médium al hogar del difunto para que tenga sus espasmos espirituales y que los conductores cuenten de aquella vez cuando les pasó algo extraño y listo, pueden llenar fácilmente media hora de programa.

No voy a hablar de una falta periodística porque todos conocemos esa mierda que puede llegar a ser el periodismo y porque tampoco creo en él como la labor valerosa y honesta que enorgullece a algunos satisfechos periodistas. Hay cosas peores que hablar de espíritus en la tele. Y mucho más dañinas.

Tampoco me referiré a la negligencia de hacer creer al inocente público de cosas tan irracionales, más que nada porque no pienso que la gente sea estúpida y acepte de una cualquier cosa que le diga la tele. La creencia en fantasmas es absurda, pero es un proceso mucho más complejo que la simple aguja hipodérmica.

Lo que me molesta es que dicen tocar el tema como un favor a los fanáticos en duelo: hablar de las cosas raras que pasan en el estudio del Buenos Días a Todos es una muestra de cariño hacia quienes extrañan al animador. Como Camiroaga era un personaje que todo Chile conocía -y algunos incluso lo querían como al hijo guapo y exitoso que nunca tuvieron- se debe respetar a todos aquellos que sufrieron con su muerte y dejar abierta la posibilidad de que, tal vez, el Halcón de Chicureo sigue entre nosotros.  Una posibilidad, por supuesto, que nunca se cerrará, porque los fantasmas televisivos  son necesarios cuando ya no queda nada más que decir (y mover las luces desde el switch resulta tan fácil).