Fantasmas en la tele

Hace ya varios años, viendo en la tele algo al estilo de Misterios Misteriosos, mi padre me dijo que los fantasmas no existían. Los extraterrestres, en cambio, ya nos venían visitando hace tiempo. Así de fácil dejé de creer en los espíritus a los cinco años, aunque tuvo que pasar otro lustro (y un par de años más) para que dejara de pensar que los extraterrestres me secuestraban cada noche y me devolvían al amanecer con la memoria borrada y unos mililitros menos de sangre.

Dejé de creer en los fantasmas porque confiaba en mi padre. Dejé de creer en las abducciones alienígenas porque en mi obsesiva investigación para descubrir quién me llevaba a su nave espacial, terminé aprendiendo que eso era imposible. Que si los extraterrestres existían era muy poco probable que lucieran como esos humanoides grises tan feos. O que si los alienígenas nos visitaran -después de un larguísimo, caro y peligroso viaje- no sería para espiarnos sigilosamente desde sus máquinas brillantes.

Y si yo, así de pequeña, descubrí todas esas cosas ¿por qué existen tantas personas que creen lo paranormal? En realidad no es esa la explicación que me interesa, creo tenerla más o menos clara.

Lo que me inquieta es ese halo de temeroso respeto hacia los que creen. Como si el mundo se les fuese a venir abajo porque descubren que ese escalofrío que sienten no es el espíritu inquieto de un fallecido que los extraña. Entonces mejor dejemos que crean en lo que sea, total, no molestan a nadie.

Está bien, entiendo que ante una pérdida dolorosa algunos busquen señales de sus seres vivos en ruidos, objetos volteados, ventanas que se cierran y otros hechos que antes parecían cotidianos.En medio del duelo uno no piensa tan claramente y, la verdad, le cuesta aceptar que esa persona con la que compartimos hace unos días nunca más aparecera por la puerta.

Eso no quiere decir que debamos seguirle el juego a quien tiene esa esperanza. ¿No les parece horrible dejar que una persona se emocione por algo que no es real? ¿No es al final más doloroso eso?

¿Y qué pasa cuando la televisión se vale de ese respeto para hablar de lo paranormal? Entonces se dejan de lado las explicaciones que podrían zanjar el asunto en un dos por tres y se revuelcan esperando que el fantasma se manifieste en vivo y en directo.

Vuela alto, Halcón

Felipe Camiroaga está penando. Movió unas luces en el estudio del Buenos Días a Todos. Al menos eso es lo que muchos aseguran emocionados. Yo me pregunto que si los espíritus tienen la capacidad de interactuar con la materia ¿no podrían emplear su habilidad en algo más provechoso? Como sacar la lata de bebida atorada en la máquina expendedora, por ejemplo. A mí me encantaría que el espíritu de mi abuelo me abriera las botellas de cerveza o que me sostuviera la puerta del ascensor.

En televisión, como los culos, los fantasmas venden. Es una noticia barata: basta llevar una médium al hogar del difunto para que tenga sus espasmos espirituales y que los conductores cuenten de aquella vez cuando les pasó algo extraño y listo, pueden llenar fácilmente media hora de programa.

No voy a hablar de una falta periodística porque todos conocemos esa mierda que puede llegar a ser el periodismo y porque tampoco creo en él como la labor valerosa y honesta que enorgullece a algunos satisfechos periodistas. Hay cosas peores que hablar de espíritus en la tele. Y mucho más dañinas.

Tampoco me referiré a la negligencia de hacer creer al inocente público de cosas tan irracionales, más que nada porque no pienso que la gente sea estúpida y acepte de una cualquier cosa que le diga la tele. La creencia en fantasmas es absurda, pero es un proceso mucho más complejo que la simple aguja hipodérmica.

Lo que me molesta es que dicen tocar el tema como un favor a los fanáticos en duelo: hablar de las cosas raras que pasan en el estudio del Buenos Días a Todos es una muestra de cariño hacia quienes extrañan al animador. Como Camiroaga era un personaje que todo Chile conocía -y algunos incluso lo querían como al hijo guapo y exitoso que nunca tuvieron- se debe respetar a todos aquellos que sufrieron con su muerte y dejar abierta la posibilidad de que, tal vez, el Halcón de Chicureo sigue entre nosotros.  Una posibilidad, por supuesto, que nunca se cerrará, porque los fantasmas televisivos  son necesarios cuando ya no queda nada más que decir (y mover las luces desde el switch resulta tan fácil).

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